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Yamcu, Un cuento de Navidad –Siempre está viva la fe en el corazón de los hombres... -Dijo el sacerdote al ver la iglesia llena-. Eran obreros del barrio más pobre de Río de Janeiro, reunidos esa noche con un solo objetivo común:
la
misa de Navidad.
Con
paso digno, llegó al centro del altar. –A, B, C, D,...
Era,
al parecer, un niño el que perturbaba la solemnidad del oficio.
–¡Para! -dijo el cura-.
El
niño pareció despertarse de un trance.
El
niño bajó la cabeza y unas lágrimas se deslizaron por sus
mejillas... –“Perdóname padre, pero yo no he aprendido a rezar. He crecido en la calle, sin padre ni madre.
Hoy
como es Navidad, tenía la necesidad He pensado que, allá arriba, ÉL podría tomar esas letras y formar las palabras y las frases que le gusten”. El niño se levantó. –“Me voy -dijo- no quiero molestar a las personas que saben tan bien cómo comunicarse con Dios”.
–“Ven
conmigo” -le respondió el sacerdote-.
Y le
pediremos que ponga en orden las letras de nuestra vida.
Con
los ojos cerrados, el cura se puso a recitar el alfabeto. Y, a su vez, toda la iglesia repitió: A, B, C, D,....
Reflexión Los niños, por su inocencia y sencillez, siempre nos enseñan cosas a los mayores. El niño de nuestro cuento de hoy, no podía ser menos.El que comienza siendo un “abandonado”, sin padres, sin hogar, ignorante…termina por ser ejemplo de toda la comunidad reunida para celebrar la Navidad.Fijémonos en varios momentos del cuento y veamos en qué nos ilustra el niño abandonado. Comenzamos con la necesidad que siente el niño de hablar con Dios en una fecha como la Navidad: “tenía la necesidad de conversar con Dios” dice. ¿Cuántas veces tenemos nosotros la necesidad de hablar con Dios? ¿Cuántas cosas, en el fondo secundarias, reconozcámoslo, hacen que nos olvidemos de Dios? Pues bien, caigamos hoy en la cuenta de que si no sentimos la necesidad de hablar con Dios, un pequeño rato cada día… algo falla en nuestra vida cristiana. Podemos tomar ejemplo también hoy del niño que quería hablar con Dios, pero reconoce que no sabe: no sé cuál es la lengua que ÉL comprende”, comenta. Piensa quizás que al ser Dios tan grande, no podrá entender lo que un pobre niño de la calle pueda decirle. Pero no por ello desiste de la idea de charlar un rato con Dios, al contrario, reconoce su propia limitación –no conoce el lenguaje de Dios– pero sí sabe que Dios es grande y todo lo puede, por eso confía que lo poco que sabe no sólo es que Dios lo entenderá, sino que lo transformará de tal manera que se convertirá en la más bella de las oraciones. ¿Cuántas veces nosotros dejamos de lado a Dios porque nos cuesta reconocer nuestras limitaciones, nuestros pecados?Hagamos como el niño.Asumamos nuestra pequeñez, reconozcamos nuestras limitaciones, y con eso, acerquémonos a Dios…, porque Dios te quiere como eres. Dice una conocida oración Jesús dice: “no es preciso hijo mío saber mucho, para agradarme mucho”. Y rezamos en el Magníficat: “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.La navidad es un canto a la sencillez y a la humildad. María, José, un pesebre, unos pocos animales, unos pastores… y Dios. Dios que se hace niño. Dios que se hace uno de nosotros, Dios que se hace pequeño, para estar con los pequeños, para que los sencillos lo conozcan.Es tan grande el misterio de Belén, que asusta ver tanta grandeza en tanta humildad.Impresiona poder tener tan cerca a Dios; que todo lo puede, que tanto nos quiere. Dios tan pequeño, tan sencillo, tan humilde, tan cerca de nosotros… tan cercano que se ha hecho niño para que lo podamos abrazar.Si Dios que es Grande, se ha hecho pequeño, es porque quiere estar con nosotros. | |||