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El Corazón de Cristo |
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por Isabel Vidal |
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Pongámonos delante del Sagrario y pensemos: ¿qué es lo que hay verdaderamente ahí dentro? Dentro del Sagrario hay un Corazón que mana y palpita. Un Corazón solitario que no necesita otro alimento que no sea nuestro amor. Un Corazón paciente ante nuestros errores y amigo en todo momento. Un Corazón al que muchas veces obligamos a vivir en el olvido. Un Corazón que no se cansa de esperarnos y de perdonarnos a pesar de todo, que nos conoce y que carga voluntariamente con lo peor de nuestras vidas. Un Corazón que realiza esta tarea desde aquella tarde en el calvario hace casi 2000 años y que ahora desde el Sagrario lo único que pide es nuestro amor.
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Cuando leemos o escuchamos la Biblia, muchas veces no pensamos en lo especial y humano que era el Corazón de Cristo: Este Corazón lloró en la casa de Betania, acompañó a los dos discípulos de Meaús. Este Corazón amó con la mirada al joven rico y perdonó a Pedro después de haberle negado. Fue un Corazón que luchó en el huerto de los Olivos sabiendo lo que vendría después. Pero también fue un Corazón que amando a sus enemigos hizo creer al buen ladrón en la cruz. Fue un Corazón que salvó por su fe a aquel que se le acercaba y que mostró su herida abierta a Tomás, el apóstol que dudó del mayor milagro de la Historia. ¿Después de esto podemos seguir mirando al Sagrario como si nada?, yo creo que no; después de esto tenemos que decirle al todos que vengan a la fuente de la vida, tenemos que contarles que hay una historia escondida dentro de ese Corazón, tenemos que anunciarles que hay esperanza en el mundo y que todo lo que pasa tiene un sentido, tenemos que decirles que Jesucristo está vivo y que existe Dios.
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados”. Sal 102
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